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Tu reputación no se construye con lo que dices de ti

September 08, 20267 min read

Hace algún tiempo le pregunté a un ejecutivo con el que estaba trabajando cómo le gustaría ser reconocido profesionalmente. No tuvo que pensarlo demasiado.

“Quiero que me vean como un líder estratégico, cercano y confiable.”

Era una buena respuesta. De hecho, probablemente muchos líderes elegirían palabras similares. Entonces le hice otra pregunta:

“¿Y qué ocurre cuando alguien de tu equipo se equivoca?”

Se quedó pensando.

Comenzamos a conversar sobre algunas situaciones recientes. Me contó que era exigente, que le gustaba involucrarse en los proyectos importantes y que cuando veía que algo podía salir mal, prefería intervenir antes de que el problema creciera. Revisaba, corregía, preguntaba constantemente por los avances, y en ocasiones terminaba tomando decisiones que originalmente había delegado.

Desde su perspectiva aquello era responsabilidad. Estaba cuidando los resultados y protegiendo a su equipo de cometer errores que podían tener consecuencias importantes.

Pero entonces cambiamos el punto de observación.

“Si fueras una de las personas de tu equipo, ¿Cómo interpretarías ese comportamiento?”

Hubo nuevamente silencio.

Tal vez como falta de confianza.

Y ahí apareció una de esas conversaciones que considero especialmente valiosas cuando trabajamos marca personal. Porque él realmente quería desarrollar a las personas, quería generar confianza y quería ser reconocido como un líder cercano. El problema no estaba en sus intenciones. Estaba en la distancia que comenzaba a aparecer entre lo que quería representar y lo que otros podían estar experimentando al trabajar con él.

Esa distancia existe mucho más de lo que imaginamos.

Podemos pensar que somos cercanos porque siempre estamos dispuestos a ayudar, mientras los demás nos perciben inaccesibles porque nunca tenemos tiempo. También podemos considerarnos directos y transparentes, mientras alguien experimenta nuestra comunicación como excesivamente dura. Podemos pensar que damos autonomía porque delegamos responsabilidades, pero intervenir cada vez que algo se desvía puede terminar comunicando exactamente lo contrario.

Y quizás ahí se encuentra una de las partes más difíciles de trabajar nuestra marca personal: Aceptar que nuestra intención no determina automáticamente nuestra reputación.

Durante años he visto profesionales extraordinariamente competentes dedicar mucha energía a pensar cómo comunicar mejor quiénes son. Revisan su perfil profesional, trabajan su presentación, buscan definir sus fortalezas, intentan aumentar su visibilidad y se preguntan cómo posicionarse frente a determinadas audiencias. Todo eso puede ser necesario, pero existe una pregunta anterior que me parece mucho más importante:

¿La experiencia que las personas tienen contigo confirma aquello que dices representar?

Porque podemos definirnos como estratégicos, innovadores, confiables o colaborativos. Podemos escribirlo en LinkedIn, incluirlo en una presentación profesional o mencionarlo en una entrevista. Pero nuestra reputación no se construye cuando pronunciamos esas palabras.

La reputación se construye en los momentos cotidianos: Cuando alguien trabaja con nosotros, cuando existe un desacuerdo o cuando tenemos que cumplir una promesa. También se pone a prueba cuando algo sale mal, estamos bajo presión o una persona necesita ser escuchada mientras nosotros tenemos otras diez cosas esperando.

Es en esos momentos, mucho más cotidianos y menos preparados, donde comenzamos a dejar señales sobre quiénes somos profesionalmente.

Y las personas las recuerdan.

Por eso suelo decir que la intención pertenece a quien comunica, pero la reputación pertenece a quien interpreta.

No podemos controlar completamente esa interpretación, por supuesto. Pero sí podemos asumir responsabilidad sobre las señales que entregamos de manera consistente.

Volvamos por un momento al ejecutivo de la historia.

Si quería ser reconocido como alguien confiable, estratégico y cercano, no bastaba con definir esos atributos. Necesitábamos traducirlos en comportamientos.

¿Qué significa ser confiable cuando un proyecto comienza a complicarse? ¿Qué hace un líder cercano cuando alguien de su equipo comete un error? ¿Cómo se comporta una persona estratégica cuando aparece una urgencia que amenaza con absorber toda su atención?

Las palabras comenzaron entonces a transformarse en acciones.

Y ese ejercicio, aunque parece sencillo, puede ser tremendamente revelador.

Prueba hacerlo contigo.

Piensa por un momento en tres palabras con las que te gustaría que alguien te describiera profesionalmente. No elijas aquellas que crees que deberías decir. Elige las que realmente representan la reputación que quieres construir.

Ahora imagina que no puedes utilizar ninguna de esas palabras para explicarte.

¿Cómo tendría que verte actuar otra persona para llegar, por sí sola, a esas mismas conclusiones?

Ahí comienza el verdadero trabajo.

Porque si quieres ser reconocido como confiable, probablemente alguien tendrá que experimentar que cumples tus compromisos, que puedes reconocer un error y que tu comportamiento no cambia radicalmente cuando las circunstancias se vuelven difíciles.

Si quieres ser reconocido como estratégico, los demás necesitarán experimentar tu capacidad para mirar más allá de la urgencia, conectar información, anticipar escenarios y aportar perspectiva.

Y si quieres ser reconocido como cercano, no importa demasiado cuántas veces digas que “las puertas están abiertas” si las personas sienten que nunca es un buen momento para acercarse.

La marca personal comienza a volverse mucho más interesante cuando dejamos de pensar solamente en qué queremos comunicar y comenzamos a observar qué están experimentando los demás.

Incluso podemos ir un poco más lejos.

Haz este ejercicio con tres personas que te conozcan profesionalmente. Pídeles que respondan algo muy sencillo: “Si tuvieras que describir en tres palabras la experiencia de trabajar conmigo, ¿Cuáles elegirías?”

Y después escucha.

Sin explicar, sin justificar, sin intentar conducir la respuesta.

Puede que escuches exactamente las palabras que esperabas. Puede que aparezcan atributos positivos que nunca habías reconocido en ti. Y también puede que surja alguna percepción que te incomode.

Las tres posibilidades son valiosas.

Porque trabajar la marca personal no consiste en fabricar una versión más atractiva de nosotros mismos. Consiste, primero, en tener suficiente autoconocimiento para reconocer quiénes somos; después, suficiente conciencia para observar cómo eso se expresa en nuestro comportamiento; y finalmente, suficiente estrategia para comunicar nuestro valor de manera coherente.

Es un recorrido que para mí tiene una secuencia muy clara:

Autoconocimiento → Coherencia → Comunicación → Posicionamiento.

Y no al revés.

Cuando comenzamos directamente por la visibilidad, podemos conseguir que más personas sepan quiénes somos. Pero si aquello que encuentran después no coincide con lo que prometimos, la visibilidad difícilmente se convertirá en reputación.

Quizás por eso este tema se vuelve todavía más relevante cuando llegamos a posiciones de liderazgo. A medida que aumenta nuestra responsabilidad, también aumenta el impacto de nuestros comportamientos. Las personas observan cómo tomamos decisiones, cómo reaccionamos frente a la presión, cómo tratamos a alguien que se equivoca, cómo manejamos una diferencia de opinión, y especialmente si existe consistencia entre aquello que pedimos a los demás y aquello que hacemos nosotros.

Cada interacción va dejando una pequeña evidencia.

Y sin darnos cuenta, con esas evidencias los demás van construyendo una historia sobre nosotros.

Esa historia es nuestra reputación.

Por eso, cuando acompaño a profesionales y ejecutivos en procesos de formación y mentoría para trabajar su marca personal, una parte importante del proceso no consiste en preguntar solamente “¿Cómo quieres posicionarte?”. También necesitamos descubrir “¿Qué estás proyectando hoy?” y, probablemente más importante aún, “¿Qué necesitas comenzar a hacer de manera diferente para que ambas respuestas se acerquen?”

Ahí es donde el Personal Branding deja de ser un ejercicio de autopromoción y se convierte en una herramienta de desarrollo profesional.

Tal vez tú también llevas tiempo pensando que necesitas trabajar tu marca personal. Quizás quieres posicionarte para una nueva etapa profesional, asumir mayor liderazgo, hacer visible tu experiencia o simplemente sentir que la percepción que estás generando representa mejor al profesional en el que te has convertido.

No necesitas comenzar publicando más.

Puedes comenzar observándote.

Pregúntate qué quieres representar, qué evidencias estás entregando hoy y qué distancia existe entre ambas cosas. Y si descubres una brecha, no la mires solamente como un problema. Mírala como un espacio de desarrollo. Precisamente ahí comienza el trabajo consciente de una marca personal.

Porque antes de preguntarnos cómo queremos que el mercado nos vea, quizás deberíamos hacernos una pregunta mucho más cercana:

Si mañana preguntáramos a las personas que trabajan conmigo qué se siente trabajar conmigo, ¿Su respuesta se parecería a la marca personal que quiero construir?

La respuesta puede decirnos mucho más que cualquier descripción que hayamos escrito sobre nosotros mismos.

“Tu marca personal puede comenzar con lo que quieres representar, pero tu reputación se construye con aquello que los demás experimentan de ti una y otra vez.”

Evelyn Verdugo

Evelyn Verdugo

Speaker internacional y coach experta en Personal Branding y comunicación efectiva. Autora del libro "Modelo de Personal Branding".

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