confianza

Antes de intentar convencer, pregúntate si estás generando confianza

September 01, 20265 min read

Hace algún tiempo, conversando con un ejecutivo sobre una reunión especialmente difícil, me contó que se había preparado durante días. Sabía que su propuesta encontraría resistencia, así que había hecho exactamente lo que muchos haríamos en su lugar: Anticipó las preguntas, reunió más información, incorporó cifras, preparó respuestas para las posibles objeciones y llegó a la reunión convencido de que tenía argumentos suficientes para demostrar que su propuesta era la correcta.

Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Mientras más explicaba, más resistencia encontraba.

Cada argumento parecía generar una nueva objeción. Cada dato llevaba a una nueva pregunta. Y cuanto más intentaba demostrar la solidez de su propuesta, más difícil parecía conseguir que quienes estaban frente a él la consideraran.

Hasta que dejó de defenderla.

En lugar de responder inmediatamente a la siguiente objeción, hizo una pregunta:

“¿Qué es lo que realmente les preocupa de esta decisión?”

La conversación cambió, lo que apareció entonces no estaba en ninguna de las diapositivas que había preparado. La principal preocupación no era técnica ni financiera. Tampoco tenía relación directa con los argumentos que llevaba días construyendo. Existía una experiencia anterior que había generado desconfianza frente a proyectos similares, y mientras eso no fuera puesto sobre la mesa, difícilmente cualquier cantidad de información conseguiría modificar la posición de quienes tenían que tomar la decisión.

Esta historia me recuerda algo que observo con frecuencia cuando trabajamos comunicación e influencia: Muchas veces intentamos convencer antes de haber construido las condiciones necesarias para ser escuchados.

Nos enseñaron a preparar argumentos. A respaldar nuestras opiniones con evidencia. A anticipar objeciones y defender nuestras ideas. Todo eso sigue siendo importante. Pero influir en otros es bastante más complejo que tener razón.

Las personas no evalúan únicamente aquello que decimos. También evalúan, muchas veces sin hacerlo conscientemente, quién se los está diciendo, cuánto confían en su criterio, qué intención perciben detrás de sus palabras y qué experiencia han construido previamente con esa persona.

Por eso podemos tener una propuesta técnicamente impecable y aun así no conseguir adhesión.

La influencia comienza mucho antes del argumento, comienza en la confianza.

Y aquí aparece una distinción que considero especialmente relevante para quienes ocupan posiciones de liderazgo. Influir no significa conseguir que alguien haga lo que nosotros queremos. Tampoco consiste en desarrollar técnicas cada vez más sofisticadas de persuasión. La verdadera influencia ocurre cuando somos capaces de generar las condiciones para que otra persona considere nuestra perspectiva, incluso cuando inicialmente piensa diferente.

Eso requiere una habilidad que muchas veces olvidamos cuando estamos demasiado concentrados en defender nuestra posición: Escuchar.

Escuchar no para encontrar rápidamente el momento de responder, sino para comprender qué está ocurriendo realmente frente a nosotros.

– ¿Qué preocupa a la otra persona?

– ¿Qué experiencia anterior está influyendo en su posición?

– También conviene preguntarse qué riesgo está viendo que nosotros quizás no hemos considerado.

– ¿Qué necesita comprender antes de poder avanzar?

En muchas conversaciones ejecutivas, una buena pregunta puede generar más influencia que diez buenos argumentos.

También hay algo poderoso en reconocer aquello en lo que la otra persona tiene razón. A veces sentimos que hacerlo debilita nuestra posición, cuando puede ocurrir exactamente lo contrario. Decir “entiendo ese riesgo y creo que es un punto que debemos considerar” no significa renunciar a nuestra propuesta. Significa demostrar que estamos intentando construir una mejor decisión y no simplemente ganar una discusión.

Lo mismo ocurre con una frase que a muchos profesionales todavía les cuesta pronunciar: “No lo sé”.

Existe una creencia bastante instalada de que un líder debe tener respuestas para todo. Sin embargo, cuando intentamos responder aquello que no sabemos, corremos el riesgo de debilitar algo mucho más importante que nuestro conocimiento: Nuestra credibilidad. Reconocer que necesitamos revisar información, consultar a alguien o simplemente pensar antes de responder puede transmitir mucho más criterio que improvisar una certeza.

La confianza también se construye así.

Quizás por eso, antes de una conversación importante, vale la pena cambiar ligeramente la forma en que nos preparamos. Además de preguntarnos“¿Qué quiero conseguir?” y “¿Qué argumentos necesito presentar?”, podemos incorporar otras dos preguntas:

“¿Qué necesita la persona que tengo enfrente?” y “¿Qué experiencia quiero que tenga al conversar conmigo?”

Ese pequeño cambio obliga a salir de nuestra propia perspectiva.

Porque cuando entramos a una reunión pensando únicamente en convencer, escuchamos las objeciones como obstáculos. Cuando entramos intentando comprender, comenzamos a verlas como información.

Y eso transforma nuestra manera de comunicar.

Dejamos de responder demasiado rápido. Preguntamos más, observamos. Somos capaces de adaptar el mensaje sin renunciar a nuestras convicciones, y sobre todo, comenzamos a comprender que la influencia no se construye imponiendo certezas, sino generando confianza suficiente para que exista una conversación real.

Esta capacidad adquiere todavía más relevancia a medida que avanzamos profesionalmente. En posiciones de mayor responsabilidad, una parte importante del trabajo deja de consistir en ejecutar directamente y comienza a depender de nuestra capacidad para movilizar a otros: Equipos, clientes, pares, directorios, stakeholders o personas sobre las que incluso podemos no tener ninguna autoridad formal.

En esos escenarios, el conocimiento sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. Necesitamos criterio, comunicación, lectura del contexto, inteligencia relacional y la capacidad de construir confianza incluso frente al desacuerdo.

Y ahí vuelve a aparecer la marca personal.

Porque cada conversación importante deja una huella. Podemos ser percibidos como la persona que necesita demostrar que tiene razón o como aquella capaz de escuchar, comprender diferentes perspectivas y ayudar a construir una mejor decisión. Podemos ganar una discusión y debilitar una relación, o podemos construir suficiente confianza para que incluso quienes piensan diferente quieran volver a conversar con nosotros.

Eso también es posicionamiento.

Tal vez en tu próxima reunión importante puedas probar algo muy sencillo. Antes de preparar todos tus argumentos, escribe tres preguntas:

¿Qué quiero conseguir?, ¿Qué necesita la otra persona? y ¿Qué experiencia quiero que tenga después de conversar conmigo?

Y durante la conversación, cuando aparezca la primera objeción, intenta no responder inmediatamente. Pregunta, escucha, comprende qué existe detrás de ella.

Puede que descubras que aquello que necesitabas para influir nunca estuvo en tu presentación.

Porque la verdadera influencia no comienza cuando alguien termina aceptando nuestra idea. Comienza mucho antes, cuando la otra persona siente que puede confiar en nuestro criterio incluso cuando todavía no está de acuerdo con nosotros.

“Antes de intentar convencer a alguien de tu idea, construye una razón para que confíe en quien la está proponiendo.”

Evelyn Verdugo

Evelyn Verdugo

Speaker internacional y coach experta en Personal Branding y comunicación efectiva. Autora del libro "Modelo de Personal Branding".

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